El MERCADER DE SEDAS EN GRANADA

El MERCADER DE SEDAS EN GRANADA

Una visita guiada y teatralizada que propone realizar un viaje en el tiempo para visitar Granada a finales del siglo XVI:

Utilizaremos la novela histórica de Felipe Romero, “El Segundo Hijo del Mercader de Sedas”. Está  perfectamente documentada y su buena ambientación nos ayudará a identificar lugares de Granada, personajes y acontecimientos históricos. El protagonista, Alonso del Castillo, el segundo hijo, será quien en primera persona y con la perspectiva de los años, cuente sus memorias.

Nuestro interés se va a centrar en la situación económica y social que se encontró el padre del protagonista, el gran Mercader, don Esteban de Lomellino, cuando llegó a Granada.

Don Esteban es  un rico hombre de negocios, procedente de Génova, que llegaría 6 años después de la expulsión de los moriscos. Viajado y gran conocedor de las siete grandes rutas comerciales que cruzan el Mediterráneo y llegan hasta el Báltico. 

Por razones personales necesita cambiar su residencia y establecerse en algún lugar donde cuente con familiares o conocidos. Por ello decide probar suerte en Granada.  

En la ciudad vive un primo suyo que pronto lo pondrá al corriente de cuanto necesite saber. La situación en Granada, la ciudad famosa por su seda y sus hábiles artesanos, es de desolación. Hambre, sequía, malas cosechas y escasez de mano de obra especializada. 

Para intentar remediar en lo posible, aquella desesperada situación, acordó viajar hasta Orán donde pudo abastecerse de un buen cargamento de trigo, al mejor precio y regresar cuanto antes. El negocio que le permitiría establecerse, estaba claro. Vender trigo a los que pudieran pagarlo, ganarse la confianza de las autoridades, tanto civiles como religiosas y asegurarse una imagen de gran conseguidor.  

El negocio de la seda sigue gozando de prestigio en Granada. Don Esteban es un experto en la materia. Por ello visita diariamente la Alcaicería supervisando la calidad de los damascos y los tafetanes, aconseja y anima a los hiladores y tejedores para que acaben los mejores diseños, orientándoles en las necesidades del mercado. 

Cerca de la Alcaicería y de la Capilla Real, se aplicaban los tintes, con productos locales y otros procedentes de lejanos países. Los tundidores trabajaban en talleres junto al Darro y muy cerca faenaban los tundidores. Durante años el Mercader organizó grandes y voluminosas caravanas, cargadas de productos locales destinados a Venecia, la capital de los grandes negocios. Lo que no entraba en Venecia no existía. Otras rutas le llevarían a Lisboa, para enviar la mercancía a los virreinatos del nuevo mundo. 

Como gran conseguidor, el mercader se ofreció y especializó en la cobranza de los impuestos, para el Rey y hasta la misma Iglesia confiaba en él. La población era pobre y trabajaba duro para abonar su parte que sería requerida sin miramientos. 

Don Esteban no era noble, pero se convirtió en una persona muy útil y hasta insustituible para muchas autoridades. Se adaptó perfectamente a la vida granadina y pronto sería respetado por todos, regidores de la Real Chancillería, alcaides, arzobispo y naturalmente los escasos descendientes de la nobleza morisca. Todos podían acudir a él para pedir ayuda. Se casó con la hija de su primo, una jovencita llamada María de Granada, que terminaría siendo la madre de sus tres hijos. María era descendiente directa de los Granada Venegas, y aquí es donde volvemos a enlazar ficción con historia.

Don Esteban acordó con el arzobispo, don Pedro de Castro, a quien visitaba asiduamente en el palacio arzobispal, financiar la Abadía del Sacromonte y a cambio, éste se haría cargo de la esmerada formación del su segundo hijo que siendo niño, había sido elegido por ambos para ser obispo. Ya se encargaría su padre de obtener la bula papal.

La Iglesia se había convertido en la autoridad más importante de la ciudad, por encima de la Real Chancillería y el Ayuntamiento.

La ciudad se llenará de conventos y monasterios. Carmelitas, mercedarios, franciscanos, jerónimos, jesuitas, dominicos se veían por todas partes y se encargaban de mantener el espíritu de la ciudad ya fuera pidiendo limosna o ajustándose a los requerimientos de la Santa Inquisición. Los conocimientos de las ciencias y las matemáticas quedaban relegados ante la nueva teología.

La mano de obra y los trabajos de artesanía se fueron poco a poco desprestigiándo. Las horas empleadas en rezos y alabanzas ocupaban la mayor parte del día. La variedad de la seda se iba mezclando con otra procedente del Levante, de una calidad inferior y mucho más asequible. 

Los maestros sederos que diferenciaban una calidad de la otra, iban escaseando y cada vez era más fácil dar salida al tejido extranjero, frente a la valiosa seda granadina. Si no se valoraba la calidad, ésta dejaría de producirse. Eran profesiones de largo aprendizaje, se requería mucha precisión y una habilidad desarrollada a lo largo de una vida. A principios del siglo XVII, muchos de aquellos conocimientos habían desaparecido y los expertos artesanos, tras la nueva expulsión, los moriscos se marcharían al sur de Francia. Muy pronto empezaría a hablarse de Lyon, como nuevo destino de la producción de seda de calidad. El Mercader, ante las grandes dificultades para obtener productos de calidad y poder así hacer negocios, decidió regresar a Italia para volver a establecerse en un lugar donde el arte, la riqueza y la valoración de los buenos productos fueran más respetados.



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